Entonces mandará el sacerdote, y arrancarán las piedras en que estuviere la plaga, y las echarán fuera de la ciudad en lugar inmundo”. Levítico 14:40.
Los libros bíblicos del Antiguo Testamento, Éxodo y Levítico narran muchos de los mandamientos que Dios dio a Moisés para que este los diera al pueblo de Israel después que habían sido liberados de la tierra de Egipto. Entre estos mandamientos encontramos como se debía proceder con la plaga de la lepra, considerada hasta la fecha una de las enfermedades más desagradables y mortecinas.
En la lectura del capitulo 14 de Levítico los versículos del 37 al 42, se explica que se hacia cuando descubrían que una casa tenía en sus paredes la plaga de la lepra. Cuando el dueño de alguna morada sospechaba que las paredes estaban manchadas por esta plaga daba aviso urgente al sumo sacerdote. El sacerdote era considerado por el pueblo de Israel el líder espiritual que mantenía el contacto y la comunicación del pueblo con Dios, también era el indicado en este caso para examinar la casa y dar su dictamen.
El sacerdote hacia un estudio minucioso de las paredes de la casa y daba la oportunidad, según las leyes que la casa permaneciera cerrada por siete días, al pasar esos días la casa se abría y se observaba si las sospechas de contaminación de lepra era cierta. Algunas veces las manchas no se desarrollaban y desaparecían, entonces la casa era habitada nuevamente. Pero en muchas ocasiones las manchan no desaparecían sino que se incrustaban en las piedras que formaban las paredes, contaminándolas de lepra. La única solución era quitar esas piedras como leemos en el versículo clave: “Entonces mandará el sacerdote, y arrancarán las piedras en que estuviere la plaga, y las echarán fuera de la ciudad en lugar inmundo”. Levítico 14:40.
Esto me hace pensar en la pared que forma nuestra existencia, ese muro fuerte el cual representa nuestra vida. Esa vida que Dios nos ha dado con un propósito pero que la dejamos manchar por cosas negativas: egoísmo, orgullo, prepotencia o en el peor de los casos por sentimientos de inferioridad, de culpa, de tristeza y frustración. Esa tristeza y frustración que viven ciertos sectores de la sociedad cuando son rechazados, por ejemplo a las personas drogadictas, alcohólicas, niños y ancianos que mendigan en las calles, jóvenes pandilleros, personas que viven en zonas marginales son mal vistas porque “afean” una ciudad.
La población con algún tipo de discapacidad no escapa a esta situación, hay algunas personas que nos ven mal, algunas maestros aún ponen excusas para que un niño discapacitado sea matriculado en centros educativos, la mayoría de empresas no tienen plazas de trabajo accesibles para que las personas con discapacidad seamos incorporadas a la vida productiva, en fin vivimos el rechazo a cada instante y tarde o temprano ese sentimiento se incrusta en nuestro corazón y no nos permite crecer como persona. Vivimos así y la verdad es que no tenemos porque vivir así.
Volviendo a la lectura los versículos 41 y 42 dicen: “Y hará raspar la casa por dentro alrededor, y derramarán fuera de la ciudad, en lugar inmundo, el barro que rasparen. Y tomarán otras piedras y las pondrán en lugar de las piedras quitadas”. De igual manera hay que arrancar ese sentimiento, “arrancar esas piedras” de los muros de nuestra vida. Aunque el proceso de quitar lo feo y negativo sea doloroso, hay que hacerlo y mandar esas cosas que no nos benefician lo más lejos posible para sustituirlas por cosas maravillosas como el amor, perdón, paz y esperanzas las cuales pueden obtenerse cuando recibimos a Cristo Jesús como el Salvador del alma, él te dará todas estas cosas que limpiaran los muros de tu vida.
Por: Jenny Chinchilla. |